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| Juventud y Desarrollo Sostenible |
| Primera Parte |
JUVENTUD Y DESARROLLO SOSTENIBLE:
Apuntes para una estrategia de promoción de la participación de los jóvenes en la construcción de un modelo sostenible de desarrollo en América Latina
Iván Lanegra Quispe
febrero, 1999.
El presente ensayo intenta dar respuesta a las siguientes preguntas ¿Los jóvenes deben participar en la construcción del modelo desarrollo de sus países, por qué?, y en caso de ser afirmativa la respuesta ¿Cómo deben participar, cuál es su papel?. Esta segunda interrogante alude al diseño de estrategias, e implica necesariamente la definición de una serie de conceptos sobre el rol de la juventud en el desarrollo y de sus capacidades para asumir papeles activos en la sociedad.
Nuestro abordaje al tema sugiere cuestionar algunas ideas preconcebidas sobre los jóvenes, así como los discursos que se asientan en aquellas. Del mismo modo nos anima la búsqueda de líneas de acción, más que sugerir un recetario sobre el cómo proceder frente a los problemas existentes.
La exposición está dividida en tres secciones. La primera presenta el concepto de desarrollo sostenible, y su evolución. La segunda sección intenta un acercamiento al papel de los jóvenes en la promoción del desarrollo, mientras que la tercera parte propone una serie de estrategias destinadas a promover la participación juvenil.
I. ¿QUÉ ES ESO DEL DESARROLLO SOSTENIBLE?
Aunque es posible rastrear los orígenes de la preocupación de los gobiernos sobre la promoción del desarrollo en el siglo pasado, en especial si se analiza la política internacional británica y norteamericana de fines del Siglo XIX, el moderno concepto de desarrollo se hizo explícito luego de culminada la Segunda Guerra Mundial, en parte por la preocupación existente en ese momento sobre la reconstrucción de la Europa de la post-guerra y como expresión del enfrentamiento de baja intensidad entre los países capitalistas y comunistas, al que se denominó Guerra Fría. Un análisis a profundidad de la evolución del concepto excede los límites de este ensayo, consideramos que una revisión somera de los indicadores que se han utilizado para medir el desarrollo nos pueden permitir una aproximación a su contenido.
Dos notas previas deben ser realizadas antes de continuar. En primer lugar es necesario definir qué es un indicador, y luego realizar una aclaración sobre las dos dimensiones desde las cuales puede ser entendido el desarrollo. Un indicador puede ser definido como un método indirecto para medir algo que por su naturaleza no puede, o es muy difícil, de ser medido directamente. Por lo tanto el indicador constituye por definición una aproximación a ese algo que se desea cuantificar. Dado que sólo es un acercamiento, estos intentos reflejarán una concepción predeterminada sobre lo que se quiere medir.
De otro lado la idea de desarrollo puede ser entendida de dos maneras. En primer lugar como un estado a lograr, una meta o objetivo a alcanzar. Desde esta perspectiva los países desarrollados son aquellos que han alcanzado las metas previstas (medidas por medio de los indicadores). Otra perspectiva enfoca al desarrollo como un proceso, mediante el cual el país va alcanzando progresivamente ciertas metas (aproximaciones al ideal). Lo importante de esta aproximación es que la medición se enfoca en las condiciones que permiten que el proceso se lleve a cabo. Esto es clave para entender como una sociedad entiende tanto el proceso de creación de riqueza, como el concepto de riqueza en sí. Al mismo tiempo, enfocarse en el proceso implica ver al desarrollo no como una situación dada, estática y a alcanzar, sino como un conjunto de condiciones dinámicas que van transformándose conforme va cambiando la sociedad.
El Desarrollo: una visión económica
Una primera forma de entender el desarrollo se concentraba en indicadores económicos tales como el Producto Bruto Interno - PBI (el total de bienes y servicios producidos por un país, incluyendo las exportaciones y restando las importaciones) o el PBI per cápita (el PBI dividido entre la población del país). Aunque este indicador podría reflejar el buen estado de la economía en un momento dado, y un cierto grado de prosperidad, no dice nada sobre como se distribuye esa riqueza, ni sobre si el país cuenta con las condiciones para dar sostenibilidad a su economía. A pesar de la limitación del alcance del indicador se sigue utilizando de forma extensa y sirve de referente principal para clasificar a los países y su grado desarrollo.
Esta visión del desarrollo se enfoca en la creación de riqueza material, sin importarle necesariamente el desarrollo humano ni la sostenibilidad del modelo. Bajo esta premisa muchos países se embarcaron en modelos de desarrollo que generaron grandes ingresos financieros, pero sin tomar en cuenta por ejemplo los costos ambientales y sociales de sus actividades, los cuales al final pesaron más en el balance general.
El Desarrollo Humano: cuando la gente es importante
Las críticas a una visión excesivamente económica del desarrollo no tardaron en llegar. Como resultado, muchos teóricos desarrollaron nuevos indicadores, enfocados en la calidad de vida de las personas, y que empezaban a dibujar una explicación diferente al cómo logran los países el bienestar (y la concepción misma de bienestar). El ejemplo más importante de este esfuerzo fue el diseño del índice de desarrollo humano (IDH) que regularmente publica el PNUD, que combina indicadores de ingreso nacional (económicos), esperanza de vida, y educación (sociales). Nuevamente el indicador tiene una fuerte carga sobre el resultado final, antes que sobre el proceso. En este sentido el IDH no mide niveles absolutos de desarrollo (humano) sino la relación existentes entre los países.
El Desarrollo Humano Sostenible: cuando el proceso es importante
Las preocupaciones e investigaciones de los ecologistas y ambientalistas sobre el estado del mundo y la sostenibilidad ambiental llevó a pensar en nuevas formas de entender el desarrollo. En 1987 la Comisión Bruntland (Naciones Unidas) presenta su informe, conocido también con el nombre de "Nuestro Futuro Común", en donde se hace una declaración de suma relevancia: el deterioro ambiental no es un problema secundario del desarrollo, sino resultado del modelo desarrollo actual. Por lo tanto se habló por primera vez de un modelo de desarrollo insostenible. El concepto de sostenibilidad, desde esta perspectiva no es por cierto nuevo. Ya en la economía clásica se hablaba de la necesidad de asegurar una cantidad de recursos (en ese caso económicos) suficientes para asegurar que las siguientes generaciones pudieran contar con iguales o mejores posibilidades de vida. La novedad resultaba ser una aproximación no sólo económica (y social), sino también ambiental. Gracias a los aportes de los ecólogos sobre el aprovechamiento sostenible de los recursos se pudo integrar el concepto de sustentabilidad ambiental al modelo de desarrollo, creando un nuevo modelo denominado DESARROLLO SOSTENIBLE.
Se ha definido entonces el desarrollo sostenible como aquel que equilibra los aspectos económicos, sociales y ambientales de la sociedad. En tal medida genera crecimiento económico, en un marco de equidad social y de aprovechamiento racional de los recursos naturales. Esta sostenibilidad se expresa en la preocupación por la satisfacción de las necesidades tanto de las generaciones actuales como de las futuras.
Pero el concepto encierra otras aristas que pasamos a explicar.
El paradigma del desarrollo sostenible y su aplicación en las políticas ambientales
Como vimos la concepción del desarrollo ha transitado desde una visión puramente económica hacia una visión integral. En este sentido, su relación con los problemas ambientales ha tenido una evolución que ha pasado básicamente por cuatro etapas:
i) En un primer momento el desarrollo se construyó sobre el supuesto de recursos ilimitados, bajo el cual la oferta ambiental es de tal magnitud que no vale la pena considerarla como variable (costo) de la producción. Como consecuencia lógica, los temas ambientales no constituyen siquiera una "preocupación" del modelo.
ii) La segunda etapa pasó a considerar los problemas ambientales como "externalidades", es decir costos de la producción que se trasladan a terceros por medios distintos a los precios. En tal sentido se toman medidas para controlar dichos efectos negativos mediante medidas de control de la contaminación;
iii) El tercer paso en este camino sucedió cuando los problemas ambientales se concibieron como consecuencia directa del modelo de desarrollo, es decir, resultado de las decisiones sobre producción y consumo en nuestras economías. Dado que dichas decisiones son consecuencia del modelo "socio-económico" como un todo, se deduce que la única forma de alcanzar un desarrollo sostenible es mediante la integración de elementos económicos, sociales y ambientales.
iv) La última etapa lo constituye lo que algunos han denominado "eco-desarrollo", en donde los modelos de producción y consumo se integran totalmente a los ritmos naturales de los ecosistemas que los sustentan.
Evidentemente la adopción de cada uno de estos modelos tiene un reflejo directo sobre el diseño de las políticas ambientales y del marco institucional que las sostienen. En la práctica la mayoría de los países de la región se encuentran dentro de la segunda concepción, aún cuando el discurso se encuentre más bien en el tercer supuesto, y que muchas acciones respondan aún a políticas que toman como referencia el primer paradigma. Por tal motivo consideramos conveniente y viable ir hacia un modelo de "desarrollo sostenible", lo cual implica iniciar un proceso, con implicancias en diversas áreas de la sociedad, en especial en aquellas donde se encuentran actualmente los núcleos de decisión sobre el desarrollo. Las políticas de los gobiernos están integradas a este proceso, en la medida que se relacionan directamente con la toma de decisiones y la participación ciudadana.
El rol del Estado en la promoción del desarrollo
Dejando en claro que cualquier concepción sobre el papel del Estado en el desarrollo tiene en último término una carga ideológica, creemos que dicho rol depende en gran medida de cómo comprendamos el proceso de creación de riqueza. En tal sentido, partimos de la hipótesis de que la riqueza depende del uso productivo de los recursos que conforman la base de cualquier sociedad, el cual es impulsado por la creatividad y esfuerzo personal, lo que a su vez es motivado por la búsqueda de la realización personal, cuyo contenido depende de los valores culturales y de la trama de relaciones sociales dentro de los cuales los individuos se desenvuelven.
La mayoría de especialistas están de acuerdo que existen cuatro clases de recursos, o "capitales" a saber:
a) Capital Natural, conformado por el conjunto de recursos naturales que ofrece un país, incluyendo el agua, el suelo, el aire, la diversidad biológica, etc.
b) Capital Físico/material, constituido por las herramientas "construidas" por el hombre, recursos financieros, maquinas, equipos, infraestructura, fuentes de almacenamiento de información, canales de información, etc.
c) Capital individual, las habilidades, aptitudes, conocimientos, y valores de cada uno de los miembros de una sociedad;
d) Capital social, las dinámicas de interrelación entre los individuos, así como las instituciones que les sirven de base, las cuales sufren a su vez constantes cambios.
La creación de la riqueza depende de la aplicación eficiente de estos recursos, los cuales además no se presentan como estructuras "dadas", sino como elementos en constante modificación. En este esquema el único capaz de crear riqueza es el hombre, quien toma las decisiones sobre la utilización o el cambio en la conformación de cada uno de estos recursos, y potencialmente decidir sobre la transformación de tipo de capital en otro. Estas transformaciones o reducción de stocks puede tener un impacto enorme sobre las generaciones futuras, en la medida que no se cuente con el suficiente capital para asegurar la sostenibilidad del modelo. Este es el concepto final de Desarrollo Sostenible.
Por dicha razón se hace necesario acercar el Estado (como espacio para toma de decisiones) al ciudadano, y viceversa, porque "¿para qué sirve la nave del Estado, si no están todos a bordo?" (Tijan M. Sallah). Como vimos líneas arriba el Capital Social está conformado por esa trama de organizaciones que participan de distinta forma en los asuntos públicos. Estudios recientes han demostrado que mejores resultados en la gestión pública se han logrado en localidades con un mayor capital social (Banco Mundial, 1997). Por lo tanto la capacidad de una comunidad de crear capital social, mediante el fortalecimiento de la sociedad civil, constituye un elemento clave para la creación de la riqueza, en la medida que dichos grupos participen efectivamente en la toma de decisiones.
Es aquí donde se justifica la necesidad de impulsar procesos participativos dentro de una estrategia de promoción del desarrollo, y con mayor razón si se pretende impulsar un modelo sostenible, en la medida que la sostenibilidad depende de la capacidad de cada generación de dejar un stock de capital (natural, físico, humano y social) que les asegure iguales o mejores oportunidades para emprender su propio desarrollo.
Entonces todos los ciudadanos deben involucrarse en la construcción del nuevo modelo. Si los jóvenes con ciudadanos, ¿por qué ellos deberían ser excluidos del proceso? He aquí una de las claves que utilizaremos para explicar nuestra posición sobre el tema.
II. EL PAPEL DE LOS JÓVENES: Entre mitos y realidades.
En esta sección proponemos tratar primero algunas afirmaciones de uso común que son, desde nuestro punto de vista, mitos e ideas preconcebidas sobre juventud comunes en diversos discursos y proyectos
La juventud siempre ha existido
En cierta forma esto no es cierto. Si concebimos juventud exclusivamente como un período de la vida de la gente (entre los 15 y los 25 años en promedio), podremos decir que efectivamente siempre ha existido un período "juvenil". Pero si entendemos el concepto como un período de transición entre la niñez y la vida adulta, entonces las cosas cambian. Desde esta perspectiva la juventud es un fenómeno urbano y moderno. Quien ha desarrollado con mayor detalle este acercamiento al tema en el Perú ha sido Sandro Venturo. Para él un indicador del carácter reciente de la "juventud" es la ausencia hace apenas 50 o 60 años de una moda de vestir "juvenil", ni de un consumo "juvenil". Los "jóvenes" de esa época se vestían igual que los adultos.
Otra forma de aproximarse al tema es desde la óptica Urbano/Rural. En el campo, hasta hoy en día, en los países andinos no existe esa transición entre la niñez y la vida adulta, por lo menos no con el carácter marcado que se aprecia en las ciudades de nuestros días. Al niño campesino no se le presenta la opción de vivir una etapa (a veces muy larga) de transición, pasa directamente a vivir la vida adulta con todos sus responsabilidades. Un "joven campesino" de una comunidad de los andes peruanos no está interesado en una "organización juvenil campesina" en el mismo sentido que una "organización juvenil urbana". Ellos, a los 20 años ya son miembros plenos de su comunidad, con tierras, derecho a decidir en las asambleas, con una familia formada y con una relativa igualdad respecto a los adultos que los rodean. Por lo menos así es hasta ahora. Esto no niega por cierto que en muchos lugares, el contacto con la vida urbana y la modernidad ha empezado a modificar estos patrones sociales, llevándolos hacia modelos nuevos, en dónde lo juvenil cambia de significado.
Como detalle histórico cabe mencionar que Alejandro Magno alcanzó la cúspide de su potencial antes de cumplir los 30 años, y Cristo había cumplido su misión apenas a los 33. Ninguno de ellos se consideraba un joven en transición. Ellos eran actores totalmente integrados a sus comunidades.
El mito del buen joven
Todavía no es raro encontrar a personas adultas hablando sobre la "reserva de valores" de los jóvenes. Esta idea implica que la juventud es un grupo "bueno" per se, un sector de la sociedad todavía no contaminado por los "valores decadentes" de la sociedad, y como tal con la capacidad de llevar a la sociedad hacia un nuevo estado de prosperidad y paz. Esta visión romántica de la juventud es todavía muy fuerte y está presente en el discurso tanto de adultos como de los propios jóvenes. Dentro de esta perspectiva es lógico que los jóvenes tengan un lugar en la toma de decisiones, pues ellos representan el lado "bueno" de la sociedad, quienes tienen el potencial para cambiarla, y otras ideas similares. Creemos que esto no es cierto. Hoy en día los jóvenes tienen tantas virtudes y defectos como los adultos. Los valores que ellos representan son adquiridos de la sociedad, y de alguna u otra manera los reproducen. No es raro que jóvenes dispuestos a cambiar "las prácticas anodinas y trasnochadas adultas", terminen en caer precisamente en ellas. Los valores no tienen que ver con la edad, sino con la formación personal, con las capacidades adquiridas. Por lo tanto existen las mismas posibilidades de encontrar un joven bueno que un adulto bueno. Es probable que un adulto se haya acostumbrado más a un sistema, pero en un mundo tan cambiante como el nuestro, incluso esta idea podría no corresponder ya a la realidad. Jóvenes inflexibles, renuentes al cambio, llenos de prejuicios, existen tantos como existen adultos con las mismas características.
(Continua en la página Juventud y Desarrollo 2)
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